viernes, 29 de febrero de 2008

Norteamérica contra Sandino

Cine 1930

Se habla mucho de la ingenuidad yanki, tanto que nuestra pluma europea –cansada, vieja-, se detiene a veces en el momento del ataque. ¡Es tan encantador ser ingenuo! El encanto que a uno le falta por completo. Esa ingenuidad deliciosa que detiene la crítica y paraliza al combatiente, es, muchas veces, la salvación del joven pueblo norteamericano, la ineducación graciosa y falta de picardía nos han llegado a parecer agradables.

Como su afán de notoriedad primitiva codicia de heroísmo. Teniendo, como tienen, en sus manos, el formidable instrumento de difusión que es el cinema, a él han trasladado todas sus ambiciones de gloria creando una especie de épica cinematográfica, tan falsa como divertida, en sus gigantescas superproducciones de tema guerrero, basadas en la oportunista y tardía intervención de sus soldados en la gran guerra.

Por las disputas de dos sombras –Foch y Clemenceau-, que se pelean sobre millones de tumbas donde está enterrada toda una generación europea que no tenía que ver nada con la diplomacia ni con las rivalidades entre un general pretencioso y un político duro y sanguinario, que hubiera preferido vivir a ser objeto de brillantes párrafos de un libro o elocuentes frases de un discurso parlamentario. En el tiroteo Foch–Clemenceau –nunca tan mortífero como el cruzado entre las trincheras-, se prueba claramente que el ejército norteamericano no combatió apenas, lo que no es obstáculo –y aquí viene la ingenuidad-, para que los productores de los estados Unidos nos hayan inundado de películas en las que se cantan los heroísmos y proezas de su ejército en los campos de batalla del frente Oeste. “El Precio de la Gloria”, “El Gran Desfile”, “Alas”, “El Gran Combate”, y otras muchas y otras muchas constituyen por el momento, la épica del Cinema, construidas sobre ficciones y combates inocentes de un patriotismo menor de edad.

Por inofensiva, es fácilmente soportable esta fiebre juvenil de glorias militaristas. Pero los temas de la guerra mundial ya estaban agotados y era preciso continuar la serie de epopeyas cinematográficas. Y el Cinema Iñaki pretende ahora explotar otra mina de asuntos con la lucha que sostienen sus ejércitos opresores en contra del general Sandino y los bravos rebeldes nicaragüenses. Lucha la más injusta y feroz que registra la historia, sólo comparable en monstruosidad a las guerras de conquista de la Edad antigua o al exterminio de los indígenas en algunos puntos de América. Con la diferencia de que eso suceda en el siglo XVI –otros hombres y otras circunstancias- y ahora estamos en 1930.

Cuando el ser humano debe sonrojarse ante tan brutal atropello cuando las violencias que ejecuta el capitalismo norteamericano en la infeliz República hermana debían ser ocultadas como un vergonzoso delito, se lanzan lis cineastas de Hollywood a fabricar películas que registran sus crímenes para difundirlos por el mando, manchando la albura de las pantallas cinematográficas.

En España se está exhibiendo ahora un film en el que se ofrece el lamentable espectáculo del “heroísmo” norteamericano avasallando la resistencia de los héroes auténticos que combaten a las órdenes de Sandino, un hijo de la raza que resucita las grandezas y la bravura indómita de otros tiempos. En la película se pretende hacer pasar por valientes a unos aviadores que provistos de bombas potentísimas y ametralladoras ultramodernas, se permiten el lujo de asesinar desde el firmamento a unos hombres casi indefensos por estar armados de viejos fusiles y pistolas inservibles y que además, son nuestros hermanos.

Esto ya no es ingenuidad, ofrecer esos crímenes como actos heroicos pasa las fronteras del infantilismo. Es inconciencia brutal, falta absoluta de sensibilidad, de conciencia y de normas morales. No nos explicamos como se ha permitido su proyección en los mismos Estados Unidos. Entra uno en deseos de creer que, en el fondo, esa película documental tiene la intención de convencer a todas las personas sensatas de Norteamérica que debe de acabar esa guerra absurda y horrible.

En los cines españoles se ha proyectado el film con grandes mutilaciones y excluyendo casi totalmente lo que tiene de documental de la lucha. Sin embargo, en los trozos culminantes, más adivinados que vistos, se oyeron las protestas de caracterizados elementos liberales y de personas que admiran el temple indomable del héroe hispanoamericano, acaso el revolucionarios más interesante de nuestra época.

Escrito de Fernando G. Mantilla. España 1930. 1º de junio

*Edgar Eduardo Medina

Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela

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miércoles, 20 de febrero de 2008

Juramento Bolivariano

Simón Bolívar, espíritu y libertad, ¡estás presente!
Tu voz, tu pensamiento y tu acción es savia que nutre mis venas.
Ante ti, historia que es presente… juro…
Soy tu destino… En mi vive América.
Soy tu acción… En mi pulso está tu sangre.
Soy la Posteridad… Y estoy en surcos;
Hijo hoy, Padre mañana, el espíritu de mi espíritu,
Tendrá la luz de tu credo omnipotente,.
Ante ti… Bolívar,… hijo de Caracas, con mi palabra que es flor
en permanencia… Juro…
Mi fe bolivariana es culto y gloria que habré de legar a mis descendientes.
Ante ti… Libertador de seis naciones…
Ante ti… Padre de mi Patria, juro: Bolívar, tu credo es mi propio pensamiento.

Autora: Profesora Elba Hernández de Yánez.
Copiado del libro El Mensaje de Bolívar de Miguel Ángel Mudarra
e Ignacio Antonio Bello. 1983. Bicentenario del Libertador.
Recopilado y enviado por Edgar Eduardo Medina
Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela

Gral. José Padilla

Prócer neogranadino nació en Río Hacha hacia 1778. Inició sus servicios en la causa emancipadora en su país y en Venezuela a las órdenes de Bolívar en 1816, y luego a las de Piar, hasta el regreso del primero con la segunda expedición de Los Cayos en que de nuevo se puso a su disposición para la campaña de Guayana, después de haber contribuido al malogrado ataque y asalto de Angostura, bajo el mando de Piar y para cuya época ya figuraba en la escuadrilla republicana comandada por el valeroso marino margariteño Antonio Díaz. Desempeñó importantes comisiones en Guayana, entre ellas, la que le fue confiada por el Libertador para hacer fracasar la sedición que, para una sublevación de castas, intentó Piar en algunos cuerpos del ejército republicano que obraban en las cercanías de Angostura, y cuyo resultado habría sido de notable influencia en los destinos del país por lo adverso.
Sabedores los realistas que dominaban en Nueva Granada del renombre adquirido por Padilla, cargaron de cadenas a su anciano padre hasta 1820, que logró su libertad. Vuelto Bolívar de la campaña de Apure fue destinado Padilla a la escuadrilla republicana de Oriente, y en 1819, al emprender el Libertador la gigantesca campaña de Nueva Granada, entró Padilla a servir bajo el mando de Brión, en la escuadra conductora de fuerzas patriotas a las costas neogranadinas.
Ocupada Río Hacha según orden dada por Bolívar desde Boyacá, tuvo Padilla la gloria de compartir con el Almirante Brión la gloria de libertar a su pueblo natal. Continuó sirviendo incansablemente en su país con éxito hasta culminar su gloria en la brillante jornada de Maracaibo, en que siendo Jefe de la escuadra patriota, derrotó por completo a la escuadra realista al mando del capitán español Laborde (24-07-1823), después de forzar el paso por la barra, entre los fuegos de los castillos de San Carlos, operación ésta realizada dos meses antes, y que sirvió de base al éxito favorable de su temeraria empresa, dando como resultado inmediato la capitulación y entrega de la importante plaza de Maracaibo, hecho éste que a su vez, facilitó la toma de Puerto Cabello cuatro meses después y que concluyó definitivamente con el poder español en Venezuela. Retirado a la vida privada, volvió a la escena pública en 1828 en que, para desgracia suya, fue víctima de la exaltación del partido político que encabezó su paisano, el General Santander. En efecto, tuvo parte activa en la conjura que, puñal en mano y vertiendo sangre inocente, asaltó la morada del Libertador la noche del 25 de septiembre de 1828 para asesinarle. De esta manera, el heroico saldado manchó su gloria y terminó su vida en el cadalso en Bogotá el mismo año, lugar del infausto suceso que, no obstante su fracaso, lleno de amargura al Padre de la Patria en sus últimos años.
Edgar Eduardo Medina
*Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela
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martes, 19 de febrero de 2008

General Carlos Luis Castelli

Ilustre prócer de la independencia, de origen italiano. Después de servir en la guardia joven del Emperador Napoleón I, a su caída (1815) pasó a América, con otros oficiales y en 1816 se unió al Libertador en Los Cayos de Haití. Con él estuvo en la ruta de Clarines en los triunfos de Barcelona y toma de las dos Guayanas (1817), apresando un bergantín y auxiliando en Guiria a los sitiados. Pasó a las Antillas y en 1818 regresó a Angostura, esta vez en compañía del Batallón Británico. Como capitán de una compañía, fogueó reclutas en las misiones y en 1819 se halló con el General Páez en La Cruz, como también en Portuguesa, Apurito y Barinas. Ascendió en 1820 a teniente coronel y recibió la condecoración de la Estrella de los Libertadores. Dirigió fortificaciones en san Fernando y en 1821 formando parte del Batallón apure, fue de los gloriosos vencedores de Carabobo, pasando luego con fuerzas al sitio de puerto Cabello y a San Felipe como Jefe civil y Militar. Con Carlos Núñez triunfó en Chaparé de Coro en 1822. sostuvo la ruta de Dabajuro y le fue hecho efectivo su grado de teniente coronel. En la Campaña de Maracaibo lo derrotó Morales en Zuleta, y en la ruta sufrida en Salina rica por Lino de clemente supo conservar su cuerpo. Pasó a Mérida de Gobernador, y en 1823, con sus fuerzas organizadas derrotó a Morales en Gibraltar (parte S. del Lago de Maracaibo). Fue Jefe de la Barra hasta 1827, que sustituyó a Urdaneta en la intendencia del Zulia y luego Administrador de la aduana y Gobernador de coro. A consecuencia de los tristes sucesos de 1828, pasó a Bogotá en 1829 con O´Leary contra el desgraciado republicano Córdova. Ascendió a Coronel efectivo y en 1830 defendió la dictadura de Urdaneta pasando con fuerzas a Antioquia. Nombrado General de Brigada, fue perseguido por Ovando en 1831. Regresó a Venezuela en 1832 y obtuvo letras de retiro como Coronel. En 1841, pasó a Italia, su patria nativa, en asuntos de inmigración. Fue nombrado para Cónsul del Reino de Cerdeña bajo el gobierno del Rey Carlos Alberto de Saboya (1844) con jurisdicción el territorio de Venezuela y defendió el cogobierno de José Tadeo Monagas en 1848. Ascendió a General de División en 1849, fue Secretario del Despacho de Guerra y Marina en 1851, cargo al que renunció en 1852. Después de ser Ministro Plenipotenciario en Bogotá, en 1855,m fue de nuevo Secretario de guerra y Marina en 1856 y 1857. Y Jefe de Operaciones sobre los Valles de Aragua a principios de 1858. Durante la guerra emancipadora había sido herido varias veces y continuó residenciado en caracas, donde murió en 1860. El gobierno de guzmán Blanco (período del Septenio), hizo trasladar sus restos al Panteón Nacional en 1876.

Edgar Eduardo Medina

*Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela

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lunes, 18 de febrero de 2008

Simón Rodríguez


Notable personaje, llamado generalmente, el Maestro del Libertador, nace en Caracas, en 1977; personaje dotado de singular erudición y sumamente raro por aparecer siempre dueño de excepcional originalidad en sus ideas. Fue, sin duda, el hombre que influyó más directamente en los destinos del Libertador, al formar en él, al par que un sano y robusto estudiante, un discípulo poseedor de los más nobles y bellos sentimientos.

Enviado el futuro genio de Hispanoamérica a España en 1797 por su cuidador D. Carlos Palacios para completar sus estudios, se vio Rodríguez complicado en la revolución republicana de Gual y España, y temiendo ser descubierto, se marchó a Europa aquel año, donde vivió dedicado a trabajos científicos, sobre todo de química. Yo no quiero –decía- parecerme a los árboles que echan raíces en un lugar, sino más bien parecerme al viento, al agua, al sol y a todas esas cosas que marchan sin cesar. Puede decirse que Bolívar lo amó como a un segundo padre, llamándole en una de sus cartas, el hombre más sabio, más virtuoso, más extraordinario.

Después de la prematura muerte de su esposa, regresó Bolívar a Europa, lleno de pesadumbre y hallándose en París, donde en vano trataba de luchar contra el recuerdo de su reciente desgracia, tuvo noticias que su maestro se encontraba en Viena y se fue en busca suya. Allí lo halló en 1803 y juntos viajaron por Europa hasta 1806. En Roma ascienden al Monte Sacro una tarde de agosto de 1805, y Bolívar delante del maestro, a la vista de aquella ciudad que había fatigado la historia, jura solemnemente, cuando era paneas un adolescente de veintidós años, “no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma, hasta romper las cadenas opresoras de su pueblo por voluntad del poder español”. Juramento que llevó el sello de indiscutible sublimidad.

Vuelto Bolívar a Caracas, permaneció Rodríguez en Europa durante 17 años, después de familiarizar a su ilustre discípulo, además de los clásicos griegos y latinos explicados en francés con las obras de Spinoza, Hobbes, Holbach, Monesquieu, Rousseau y Los Enciclopedistas, en las que principalmente bebió el futuro libertador, sus teorías religiosas, sociales, filosóficas y políticas. Atraído por la fama universal entonces, de su antiguo discípulo, “llegó Rodríguez a Bogotá en 1823, y en el Perú recibió aquel con cariñoso agasajo, auxiliándolo para que fuese a implantar su sistema de educación en Bolivia, cosa que no pudo lograr, ya que las rarezas de su carácter le impidieron ponerse de acuerdo con las autoridades de aquella joven República, ni aún con el mismo Sucre, que era el presidente en aquellos días. Era un incomprendido y no abundaba en suerte.

Vuelto Bolívar a Colombia, donde su vida fue un vía crucis por causa de la rebelión de Venezuela, la discordia de la Convención de Ocaña, la noche trágica del 254 de septiembre, la guerra con el Perú, la sublevación de Córdova y, finalmente, por la caída y la agonía, Rodríguez se vio abandonado y desvalido en Bolivia. De allí pasó a Lima, después a Valparaíso donde no halló otras actividades que la de fabricante de velas para alumbrado.

Alguien se refirió despectivamente alguna vez a tan rara ocupación en un hombre de tan señalada erudición, por lo que D. Simón Rodríguez, exclamó al punto: “Pero aún así, por medio de mis velas, sigo difundiendo la luz”. Ya muy anciano fue a morir en Huaymas (Perú), en 1854. Puede decirse que sólo su ilustre discípulo, en toda la América, fue quien supo comprender y amar a tan extraño filósofo.

Es famosa su Defensa de Bolívar, escrita en lenguaje peculiar, y si bien éste no pareciera tener gran confianza en las teorías pedagógicas de su maestro, sus entendimientos coincidieron siempre en lo tocante a la necesidad de aplicar a los incipientes estado americanos, un sistema de gobierno diferente de los existentes en Europa; sistema que Rodríguez resumía en un ideal, a la verdad confuso, de Estados que, según él, no pueden ser monárquicos como lo eran ni republicanos, como se pretende que lo sean.

Tal sistema quiso practicarlo Bolívar con la imposición de un régimen mezclado de autocracia o democracia o más bien una especie de tutela legal conferida al hombre más eminente de la Patria. Se ha escrito que “ambos espíritus se encontraban así en los espacios infinitos de la hipótesis, cuando echaban a volar por ellos la imaginación, que con todo, si coincidía en el fin, se apartaban de los medios. Gustaba el uno, el sabio, de engolfarse en la especulación científica, para formar teorías y generalizarlas, en tanto que el otro prefería buscar en ella puntos de apoyo a su ambición de gloria y de poder. Mientras aquel se contentaba con la obra lenta y tardía del pedagogo, corría el otro con la actividad relampagueante del guerrero, del tribuno, del dictador. Predominaba en el maestro la inteligencia: la voluntad era soberana en el discípulo. Y ello explica, en suma, que estos dos cerebros, extraordinarios, cada cual, no pudiesen encontrarse en el mismo ambiente, sino en ocasiones lejanas; en la infancia del u o, cuando el futuro héroe todavía sin advertir su propio genio, se apoyó en el amor y consejos del sabio, y cuando éste, ya viejo, quiso realizar en la patria creada por el héroe, el más hermoso sueño de su espíritu “no pasó de sueños”. En resumen, el maestro del Libertador, es, sin duda, un personaje de profunda trascendencia en los destinos de América y aún de la humanidad.

El verdadero apellido suyo era Carreño, por ser éste el de su padre; pero a causa de una riña que sostuvo con un hermano suyo, renunció al apellido común adoptando el materno, o sea el de Rodríguez, que usó durante toda su vida, ni sin antes trocar su nombre en algunas ocasiones por el de Samuel Robinson, que recuerda al héroe de la popular novela del escritor inglés Daniel de Foe: Robiinson Crusoe.

Fue D. Simón Rodríguez un autodidacta insigne, hasta llegar a adquirir cultura sólida en aquella Caracas colonial. Se dedicó al magisterio desde su más incipiente juventud, yt sin duda tuvo notable ´`éxito, si se atiende al número y a la calidad de sus alumnos. En 1794, presentó al ayuntamiento de Caracas, un ensayo titulado “Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras Letras de Caracas, y medio de lograr su reforma por un establecimiento cuya lectura y consideración culminó con que el soberano Cuerpo aumentara el número de escuelas al establecer una en cada parroquia. Y esto era el fruto de las reflexiones de un joven de veintitrés años. Sin embargo, D. Simón no se sintió satisfecho de los resultados, ya que poco después renunció a la dirección de la escuela que se le confiaba cuando todavía era un adolescente.

Cuando regresó de Europa, hablaba correctamente el francés, el inglés, el italiano, el portugués y el alemán. Era altruista, sincero, demócrata, apasionado por la Educación Popular, generoso y enérgico.

D. Miguel Peña ha dado testimonio de que se había propuesto fundar en Bogotá una Casa de Industria Pública donde se prodigase a los jóvenes la enseñanza de un oficio mecánico, más los principios de urbanidad y decoro social, así como nociones de escritura, aritmética y gramática, por lo que puede apreciársele como un lejano precursor de los estudios técnicos industriales de la época moderna. Su ejemplar republicanismo le movió a procurar que sus compatriotas de todas las clases sociales adquiriesen el grado de cultura necesario para el sosegado uso de sus derechos, como consecuencia del cumplimento de sus deberos. Fueron expresiones suyas las siguientes; “El Gobierno debe ser maestro. Cuando más se necesitan cinco años para dar un pueblo a cada República”. “Persuádanse los Jefes del Pueblo que nada conseguirán si no instruyen”. Puso a un lado los caducos moldes coloniales para proclamarse apóstol de la instrucción Popular, sin hacer distinción de razas ni colores.

Muchos escritores han estudiado particularmente su vida y su influencia sobre el Libertador, entre los cuales merecen citares honrosamente los trabajos de Diego Carbonell, Fabio Lozano y Lozano, Gonzalo Picón Febres, José Rafael Wendehake y Jesús Antonio Cova, venezolanos con excepción del segundo, de nacionalidad colombiana. También se han ocupado Augusto Mijares, Rafael armando Rosas, y Vicente E. Terán, éste último boliviano, quienes han enfocado personalidad de tan interesante compatriota con certera visión y atinadas conclusiones.

*Edgar Eduardo Medina

Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela

Tomado del Diccionario Bibliográfico, Geográfico e Histórico de Venezuela” por Ramón Armando Rodríguez. Delgado Lugo Díaz, a partir de 1934

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Casa Natal de Simón Bolívar

Jardín
Jarrones
Jardines

Pozo de los deseos

Árbol con orquideas

Otra parte del jardín

Jardín

Jardín

Caminería
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Dr. José Gregorio Hernández


Ilustre y sabio médico. Nació en Isnotú, humilde pueblo del Edo. Trujillo en 1864, el 26 de octubre y muere en Caracas, en 1919. Descendiente de linajuda alcurnia cantábrica, desde su más temprana edad señálase por su amor a la rectitud de procederes al estudio y a la meditación que hacían presentir en el futuro ciudadano un alma elevada y noble, de singulares dotes. Trasladado a Caracas, hizo y terminó estudios de bachillerato en el colegio del Dr. Guillermo Tell Villegas (1878-1882) y cursó luego, con decidida voluntad y vocación, las ciencias médicas hasta obtener el título de Doctor en la Universidad Central en 1888.
Recién graduado regresó a su tierra natal, pero allí recibió un mensaje de su antiguo profesor, Dr. Calixto González, para que se trasladase de nuevo a Caracas. Como el presidente de la nación, Dr. Anduela Palacios era un hombre civilizado, deseaba con ahínco que un venezolano meritorio fuese a Europa con el fin de adquirir conocimiento de los nuevos progresos científicos y por indicación acertadísima del citado profesor González, se designó a Hernández para hacer estudios en París y en Berlín de las modernas adquisiciones en Histología, Fisiología y Bacteriología. Tres años permaneció en los mejores centros, y a pesar de vivir en un mundo travieso, pecaminoso y sensual, regresó a Caracas incontaminado por aquel medio en 1891, pero enriquecido en ciencias útiles al bien de sus semejantes.
Al punto inauguró en la Universidad Central, las cátedras de Histología Normal y Patología, de Fisiología y Bacteriología, semilla fecunda que dio frutos magníficos en sus numerosos discípulos, que pronto ocuparon lugar muy distinguido en la medicina nacional y en el alto concepto de las más doctas escuelas de Europa y América. Fue Hernández quien introdujo, por primera vez en Venezuela, la técnica indispensable para el estudio de los tejidos normales y patológicos de la Economía: el primero que coloreó y cultivó los microbios en nuestro país, y el primer que, gracias a la bisección, sacó la Fisiología de la penumbra de escolasticismo nebuloso en que vegetaba hasta entonces en nuestro medio, para colocarla bajo la luz esplendorosa de la experimentación contemporánea.
Su tesonera labor de cultura puede apreciarse con solo decir que fue él quien, desde 1891 hasta 1908 dictó los célebres cursos de Bacteriología, famosos en la historia de la Universidad Central, gracias a los cuales se formarán diversas generaciones de futuros investigadores científicos, cuyos trabajos son orgullo de nuestra Escuela de Medicina.
Jubilado como profesor, por el antiguo Ministerio de Instrucción Pública en 1916, siempre incansable en su afán de perfeccionamiento, hizo viaje a los Estados Unidos y a Europa en 1917, pero los trastornos inherentes a la guerra europea de 1914-1918, le impidieron llegar a París y a Berlín, como pretendía hacerlo y tuvo que prescindir de sus mejores proyectos, en especial los de hacer experimentos en laboratorios que eran conocidos.
Regresó a Norteamérica y en la Universidad de Columbia y en otros institutos se ocupó, con gran interés, en pruebas teóricas y prácticas especiales, vuelto a Venezuela, continuó sus actividades científicas, siempre encaminadas al bienestar de sus hermanos, y fue llamado con justicia "el médico de los pobres”.
En 1908 y en 1913 había ensayado retirarse a la vida severa de Cartujo, pero acaso su verdadero sitio estaba al lado de la humanidad doliente y no en la vida contemplativa., por lo que su ingreso a la Cartuja de Farneta, cerca de Lucca (Italia), no pudo ser definitivo sino apenas temporal. Fue uno de los fundadores de la Academia Nacional de Medicina de Venezuela, y su prestigio como clínico fue tan vasto como el de profesor. Su inmaculada vida, que fue todo un admirable proceso coronado por la más vasta ilustración científica, unida a sus aptitudes y a la entereza de su carácter, le rodearía, en todo momento, del mayor respeto y del afecto unánime de sus contemporáneos.
Su muerte, a consecuencia de un lamentable accidente ocurrido cuando transitaba a pié no lejos de su casa y buscando una medicina para un paciente, fue un verdadero duelo nacional.
Entre los numerosos elogios que se le tributaron se destaca el del Dr. Luis Razetti, eminente colega suyo en la labor científica profesional y en la cátedra, al decir que “El candor y la fe fueron las dos grandes fuerzas que le conquistaron, la más amplia independencia espiritual, el más extenso dominio de sí mismo y la poderosa energía moral de su gran carácter. Fue médico científico al estilo moderno, investigador penetrante en el laboratorio y clínico experto a la cabecera del enfermo, fundó su reputación sobre el inconmovible pedestal de la ciencia, de su pericia, de su honradez y de su infinita abnegación. Su prestigio social no tuvo límites y su muerte fue una catástrofe para la Patria”.
Entre sus trabajos publicados, se mencionan los siguientes: Sobre la Angina de Pecho de Origen Palúdico, el muy ponderado Sobre el Número de los Glóbulos Rojos, De la Nefritis en la Fiebre amarilla, de la Bilharziosis en Caracas, Sobre el tratamiento de la Tuberculosis Pulmonar por medio del Aceite de Chaulmoogra. Elementos de Bacteriología, obra eminentemente didáctica a pesar de la brevedad de su texto, que resume, de manera admirable, la ciencia creada por Pasteur, y su hermosa obrita Elementos de Filosofía, en que aparece en toda su diafanidad el alma blanca y luminosa del autor, al argumentar sobre el origen del mundo. Puede afirmarse que la pureza que emana de la vida entera del sabio Dr. Hernández, ha sido el más alto ejemplo legado a todas las generaciones científicas de Venezuela por tan preclaro maestro.
En 1949, a los treinta años de su muerte, el Arzobispado de Caracas inició el severo proceso de estudiar todos los hechos de la vida admirable del Dr. José Gregorio Hernández Cisneros como Siervo de Dios, con miras a intuir el proceso de su augura canonización. Hoy, a los 88 años de su trágico fallecimiento y 143 de su nacimiento no se ha realizado su tan solicitada santificación.

Edgar Eduardo Medina

Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela

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