lunes, 18 de febrero de 2008

Simón Rodríguez


Notable personaje, llamado generalmente, el Maestro del Libertador, nace en Caracas, en 1977; personaje dotado de singular erudición y sumamente raro por aparecer siempre dueño de excepcional originalidad en sus ideas. Fue, sin duda, el hombre que influyó más directamente en los destinos del Libertador, al formar en él, al par que un sano y robusto estudiante, un discípulo poseedor de los más nobles y bellos sentimientos.

Enviado el futuro genio de Hispanoamérica a España en 1797 por su cuidador D. Carlos Palacios para completar sus estudios, se vio Rodríguez complicado en la revolución republicana de Gual y España, y temiendo ser descubierto, se marchó a Europa aquel año, donde vivió dedicado a trabajos científicos, sobre todo de química. Yo no quiero –decía- parecerme a los árboles que echan raíces en un lugar, sino más bien parecerme al viento, al agua, al sol y a todas esas cosas que marchan sin cesar. Puede decirse que Bolívar lo amó como a un segundo padre, llamándole en una de sus cartas, el hombre más sabio, más virtuoso, más extraordinario.

Después de la prematura muerte de su esposa, regresó Bolívar a Europa, lleno de pesadumbre y hallándose en París, donde en vano trataba de luchar contra el recuerdo de su reciente desgracia, tuvo noticias que su maestro se encontraba en Viena y se fue en busca suya. Allí lo halló en 1803 y juntos viajaron por Europa hasta 1806. En Roma ascienden al Monte Sacro una tarde de agosto de 1805, y Bolívar delante del maestro, a la vista de aquella ciudad que había fatigado la historia, jura solemnemente, cuando era paneas un adolescente de veintidós años, “no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma, hasta romper las cadenas opresoras de su pueblo por voluntad del poder español”. Juramento que llevó el sello de indiscutible sublimidad.

Vuelto Bolívar a Caracas, permaneció Rodríguez en Europa durante 17 años, después de familiarizar a su ilustre discípulo, además de los clásicos griegos y latinos explicados en francés con las obras de Spinoza, Hobbes, Holbach, Monesquieu, Rousseau y Los Enciclopedistas, en las que principalmente bebió el futuro libertador, sus teorías religiosas, sociales, filosóficas y políticas. Atraído por la fama universal entonces, de su antiguo discípulo, “llegó Rodríguez a Bogotá en 1823, y en el Perú recibió aquel con cariñoso agasajo, auxiliándolo para que fuese a implantar su sistema de educación en Bolivia, cosa que no pudo lograr, ya que las rarezas de su carácter le impidieron ponerse de acuerdo con las autoridades de aquella joven República, ni aún con el mismo Sucre, que era el presidente en aquellos días. Era un incomprendido y no abundaba en suerte.

Vuelto Bolívar a Colombia, donde su vida fue un vía crucis por causa de la rebelión de Venezuela, la discordia de la Convención de Ocaña, la noche trágica del 254 de septiembre, la guerra con el Perú, la sublevación de Córdova y, finalmente, por la caída y la agonía, Rodríguez se vio abandonado y desvalido en Bolivia. De allí pasó a Lima, después a Valparaíso donde no halló otras actividades que la de fabricante de velas para alumbrado.

Alguien se refirió despectivamente alguna vez a tan rara ocupación en un hombre de tan señalada erudición, por lo que D. Simón Rodríguez, exclamó al punto: “Pero aún así, por medio de mis velas, sigo difundiendo la luz”. Ya muy anciano fue a morir en Huaymas (Perú), en 1854. Puede decirse que sólo su ilustre discípulo, en toda la América, fue quien supo comprender y amar a tan extraño filósofo.

Es famosa su Defensa de Bolívar, escrita en lenguaje peculiar, y si bien éste no pareciera tener gran confianza en las teorías pedagógicas de su maestro, sus entendimientos coincidieron siempre en lo tocante a la necesidad de aplicar a los incipientes estado americanos, un sistema de gobierno diferente de los existentes en Europa; sistema que Rodríguez resumía en un ideal, a la verdad confuso, de Estados que, según él, no pueden ser monárquicos como lo eran ni republicanos, como se pretende que lo sean.

Tal sistema quiso practicarlo Bolívar con la imposición de un régimen mezclado de autocracia o democracia o más bien una especie de tutela legal conferida al hombre más eminente de la Patria. Se ha escrito que “ambos espíritus se encontraban así en los espacios infinitos de la hipótesis, cuando echaban a volar por ellos la imaginación, que con todo, si coincidía en el fin, se apartaban de los medios. Gustaba el uno, el sabio, de engolfarse en la especulación científica, para formar teorías y generalizarlas, en tanto que el otro prefería buscar en ella puntos de apoyo a su ambición de gloria y de poder. Mientras aquel se contentaba con la obra lenta y tardía del pedagogo, corría el otro con la actividad relampagueante del guerrero, del tribuno, del dictador. Predominaba en el maestro la inteligencia: la voluntad era soberana en el discípulo. Y ello explica, en suma, que estos dos cerebros, extraordinarios, cada cual, no pudiesen encontrarse en el mismo ambiente, sino en ocasiones lejanas; en la infancia del u o, cuando el futuro héroe todavía sin advertir su propio genio, se apoyó en el amor y consejos del sabio, y cuando éste, ya viejo, quiso realizar en la patria creada por el héroe, el más hermoso sueño de su espíritu “no pasó de sueños”. En resumen, el maestro del Libertador, es, sin duda, un personaje de profunda trascendencia en los destinos de América y aún de la humanidad.

El verdadero apellido suyo era Carreño, por ser éste el de su padre; pero a causa de una riña que sostuvo con un hermano suyo, renunció al apellido común adoptando el materno, o sea el de Rodríguez, que usó durante toda su vida, ni sin antes trocar su nombre en algunas ocasiones por el de Samuel Robinson, que recuerda al héroe de la popular novela del escritor inglés Daniel de Foe: Robiinson Crusoe.

Fue D. Simón Rodríguez un autodidacta insigne, hasta llegar a adquirir cultura sólida en aquella Caracas colonial. Se dedicó al magisterio desde su más incipiente juventud, yt sin duda tuvo notable ´`éxito, si se atiende al número y a la calidad de sus alumnos. En 1794, presentó al ayuntamiento de Caracas, un ensayo titulado “Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras Letras de Caracas, y medio de lograr su reforma por un establecimiento cuya lectura y consideración culminó con que el soberano Cuerpo aumentara el número de escuelas al establecer una en cada parroquia. Y esto era el fruto de las reflexiones de un joven de veintitrés años. Sin embargo, D. Simón no se sintió satisfecho de los resultados, ya que poco después renunció a la dirección de la escuela que se le confiaba cuando todavía era un adolescente.

Cuando regresó de Europa, hablaba correctamente el francés, el inglés, el italiano, el portugués y el alemán. Era altruista, sincero, demócrata, apasionado por la Educación Popular, generoso y enérgico.

D. Miguel Peña ha dado testimonio de que se había propuesto fundar en Bogotá una Casa de Industria Pública donde se prodigase a los jóvenes la enseñanza de un oficio mecánico, más los principios de urbanidad y decoro social, así como nociones de escritura, aritmética y gramática, por lo que puede apreciársele como un lejano precursor de los estudios técnicos industriales de la época moderna. Su ejemplar republicanismo le movió a procurar que sus compatriotas de todas las clases sociales adquiriesen el grado de cultura necesario para el sosegado uso de sus derechos, como consecuencia del cumplimento de sus deberos. Fueron expresiones suyas las siguientes; “El Gobierno debe ser maestro. Cuando más se necesitan cinco años para dar un pueblo a cada República”. “Persuádanse los Jefes del Pueblo que nada conseguirán si no instruyen”. Puso a un lado los caducos moldes coloniales para proclamarse apóstol de la instrucción Popular, sin hacer distinción de razas ni colores.

Muchos escritores han estudiado particularmente su vida y su influencia sobre el Libertador, entre los cuales merecen citares honrosamente los trabajos de Diego Carbonell, Fabio Lozano y Lozano, Gonzalo Picón Febres, José Rafael Wendehake y Jesús Antonio Cova, venezolanos con excepción del segundo, de nacionalidad colombiana. También se han ocupado Augusto Mijares, Rafael armando Rosas, y Vicente E. Terán, éste último boliviano, quienes han enfocado personalidad de tan interesante compatriota con certera visión y atinadas conclusiones.

*Edgar Eduardo Medina

Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela

Tomado del Diccionario Bibliográfico, Geográfico e Histórico de Venezuela” por Ramón Armando Rodríguez. Delgado Lugo Díaz, a partir de 1934

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